86. El calendario romano, en tiempos de Jesús (III). Los días y las horas

 

Los días se enumeraban a partir de las calendas, las nonas y los idus. Si querían indicar una de estas tres fechas fijas, la ponían en ablativo junto con el adjetivo del mes correspondiente: Kalendis Ianuariis, en las calendas de enero (1 de enero) o Nonis Octobribus, en las nonas de octubre (7 de octubre). Si se trataba de indicar el día anterior o posterior de las tres fechas anteriores, se ponía el adverbio pridie o postridie seguido de la fecha y del adjetivo correspondiente del mes, en acusativo. Por ejemplo Pridie Nonas Ianuarias, la víspera de las nonas de enero (4 de enero), o Postridie Idibus Octobribus, el día siguiente a las idus de octubre (16 de octubre).

Si se trataba de cualquier otra fecha, se contaban los días que faltaban para llegar hasta el más próximo de las tres fijas y se colocaba la expresión ante diem, seguida del número de días contados (expresado en numeral ordinal o en números romanos) desde la fecha fija con la que se relacionaba, y del adjetivo del mes de esta última, todos ellos en acusativo  Por ejemplo: Ante diem sextum kalendas martias, el sexto día antes de las calendas de marzo (24 de febrero) o Ante diem tertium kalendas apriles (30 de marzo) En abreviatura se escribiría: a.d. III kal. apr.

Los días para los romanos tenían 24 horas, pero distintas a las nuestras. La duración del día y de la noche estaba determinada por la salida y la puesta de sol. Por ello dicha duración variaba a lo largo del año. El periodo en que lucía el sol se dividía en doce “horae”, y el de la noche en doce “vigiliae”. Por tanto las “horae” eran de más largas en verano que en invierno, y viceversa, y se expresaban con números ordinales: hora prima, hora secunda, hora tertia….. hora undécima y hora duodécima. La hora sexta marcaba el mediodía y de ella procede la palabra “siesta”.

La noche se dividía en cuatro partes denominadas vigilias. Esta distribución y el nombre «vigilia» (procedente del verbo vigilare: vigilar, estar despierto) tenían su origen en los cuatro turnos de vigilancia en los campamentos militares.

Una curiosa división era la que se establecía entre días fastos y nefastos Los fastos que en los calendarios aparecían marcados con una F, eran las jornadas, que gracias a la ley divina, estaban dedicadas a la actividad humana, sobre todo a la actividad jurídica, mientras los nefastos, señalados con una N, eran los dedicados a los dioses, y por tanto, toda actividad humana cesaba, a excepción de la religiosa.

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